Cirugía plástica en Ecuador

¿Qué es la cirugía plástica?

La cirugía plástica (“plástica” deriva de la palabra griego “plastikos” y significa transformar o moldear) es una forma de la medicina en que se realiza cambios en la forma corporal por razones estéticas y funcionales. La meta de la cirugía plástica es reconstruir y mejorar la cobertura corporal.

Los dos tipos de la cirugía plástica

Principalmente la cirugía plástica está dividida en dos tipos, la cirugía reconstructiva y la cirugía estética.  Las diferencias entre la cirugía estética y la cirugía reconstructiva no son muchas, a veces son imperceptibles. Esto es porque muchas cirugías reconstructivas están combinadas con cirugías estéticas. Muchos procedimientos reconstructivos también son procedimientos plásticos.

Cirugía estética o cosmética

Cirugía estética o cosmética que se refiere a la modificación de partes del cuerpo humano que  no le gustan al paciente. En algunos casos la cirugía cosmética está recomendada por razones de salud.

Ejemplos para la cirugía estética o cosmética:
Prótesis de mamas: aumento de busto a través de un dispositivo médico compuesto por una cubierta de silicona flexible y relleno con diferentes materiales como gel de silicón o una solución salina; el Lipoláser: se aplica anestesia local al paciente y luego se introduce una cánula que actúa sobre el tejido graso, el Lipoláser, convierte la grasa en una sustancia oleosa semilíquida que permite ser absorbida y eliminada en forma natural o mediante una pequeña aspiración; y la abdominoplastia, un procedimiento para remover el exceso de piel y grasa del abdomen; entre otros.

Cirugía reconstructiva o reparadora

Cirugía reconstructiva o reparadora. Este tipo de cirugía plástica se refiere a la disimulación y reconstrucción de defectos corporales causados por accidentes, enfermedades entre otros.

Ejemplos para la cirugía reconstructiva:
Cirugía de labio y paladar hendido, por quemaduras por fuego directo, por electricidad, por sustancias químicas, por congelamiento; la corrección de defectos congénitos y por enfermedades degenerativas como la artritis reumatoide, entre otros.

Historia de la cirugía plástica

La cirugía plástica tiene una larga historia. Los egipcios conocieron las cirugías plásticas hace 3000 años, por ejemplo cirugías de la nariz. Desde el siglo 19 se utilizar la palabra “plástica”. Desde la primera guerra mundial se conoce la cirugía plástica moderna que hoy es muy popular en todo el mundo.

Brasil, Colombia y Venezuela, entre otros, son varios de los países mayormente reconocidos en los tratamientos de cirugías plásticas.

Cirugía plástica en Ecuador

También en el Ecuador la cirugía plástica es muy popular. Cuando buscas en Google por “cirugía plástica Ecuador” encuentres 1.130.000 resultados, por “cirugía plástica Quito” 588.000 resultados. Hay muchos cirujanos y clínicas para realizar cirugías plásticas en Ecuador. Muchos doctores de Ecuador se especializaron en otros países como los EEUU, Argentina o Brasil.

Una de estas clínicas para cirugía plástica que se puede encontrar a través de Google es Esthétique Medicus en Quito, Ecuador.

Cirugía plástica en Quito – Ecuador: Esthétique Medicus

Cirugía plástica en Quito - Ecuador

Esthétique Medicus es un clínica para cirugía estética en Quito

Esthétique Medicus es una moderna clínica de cirugía estética en Quito, Ecuador. La clínica fue inaugurada  en 2008 y en estos cuatro años de funcionamiento se han realizado cerca 1.200 cirugías plásticas. Esthétique ofrece cirugías plásticas como la abdominoplastia, el aumento de busto y el procedimiento de Lipoláser, entre otros.
Dr. Pedro Cardoso estudió en la Universidad de San Francisco en Cumbaya. Su especialización en Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva, la realizó en la Universidad “El Salvador” en Buenos Aires, Argentina.

Esthétique no solo ofrece cirugías plásticas en el Ecuador sino también tratamientos estéticos como el procedimiento de Botox o el aumento de glúteos.

Publicado en Salud | Etiquetado , , | Deja un comentario

Deportado

Redacción: Jorge Tigrero, Nicole López, Gabriela Sánchez
Publicado en: Entre Tintas – comunicación + diseño, director: Allen Panchana, edición: Jorge Tigrero, Gabriela Pinasco, julio/agosto 2011, p. 14-17.

Steven Santillán, fotógrafo peruano de 38 años, emigró hace 11 años a Italia con el objetivo de hacer realidad sus sueños. Sin embargo, comprendió de la peor manera que no hay mejor sitio como el hogar. A finales del año 2009, Steven fue deportado desde Francia y vivió uno de los momentos más terribles de su vida. Su experiencia es un claro ejemplo de cómo se irrespetan los derechos de los migrantes en todo el mundo.

Deportado

Legal o ilegal

En la espera de volver a ser legal en Italia, decidí regresar a Perú para reiniciar los trámites de legalización a través de la Embajada italiana. Debido a que estuve casado con una italiana y esperaba poder obtener la ciudadanía, pero lamentablemente, terminé separándome y toda mi situación empeoró.

Durante mi estadía en Perú me concedieron la visa por un año. Con ese documento regresé a Italia en septiembre del 2009. Mi objetivo era conseguir un trabajo o retomar los estudios pero la policía de Boloña me negó realizar todo tipo de trámite. Por ello decidí retornar nuevamente a Perú.

No contaba con mucho capital para poder viajar en avión, por eso busqué la mejor alternativa para ahorrar dinero. Seguí las indicaciones de los empleados de la Ferrovine Italiane, ellos me sugirieron ir por tren, el viaje costaba la mitad que el pasaje en avión y me aseguraron que el trayecto era tranquilo y seguro. Fue así que el 22 de noviembre a las 19:00 salí en un tren de Milán, debía pasar por Francia y llegar finalmente a Barcelona, para tomar el vuelo de LAN Perú con destino a Lima. Por desgracia nunca llegué a mi destino.

Francés descortés

Luego de atravesar la frontera ítalo-francesa, el tren se detuvo. Eran las 10:00 de la noche. Me preocupé mucho porque el tren no debía parar. En esos instantes empezaron mis problemas, oficiales de la Policía Fronteriza entraron para inspeccionar a todos los pasajeros del tren.

Cuatro oficiales ingresaron a mi cabina. Me pidieron mis documentos, y al ver que era peruano, empezaron a gritar y vociferar. A pesar de la situación no perdí mis modales pero mis palabras no sirvieron de nada.

Me empujaron fuera del tren y entre tropiezos, llegué a la oficina de migración. Llevaba dos maletas conmigo y dos bolsos de mano, en donde guardaba todo mi trabajo de 11 años: fotografías de Perú, videos y entrevistas relacionadas con el arte y la cultura. Además de algunos trípodes, cámaras fotográficas y videocasetes.

Empezó el peor día de mi vida. En la oficina de migración el ambiente estaba lleno de gritos, amenazas y golpes. Me revisaron desde las orejas hasta las suelas de los zapatos. Otras personas y yo fuimos llevados a un cuarto oscuro para ser interrogados. El lugar estaba lleno de cámaras y micrófonos. Por un momento estuve en shock pues no comprendía lo que sucedía. Todos estábamos sentados esperando nuestro turno.

Un hindú, un árabe y un africano estaban conmigo. El estrés y la incertidumbre empezaban a notarse. El hindú veía todo a su alrededor, su rostro reflejaba rabia y miedo, lo mismo sentía yo y no era para menos. Luego de tres horas, estábamos al borde de la locura. El árabe se golpeaba la cabeza contra el vidrio blindado hasta el punto que empezó a sangrar. Los policías acudieron y en lugar de tranquilizarlo lo agredieron brutalmente con un tolete de fierro y lo dejaron temblando en el suelo. Nosotros estábamos atónitos y ni siquiera nos atrevimos a voltear la mirada por temor a que nos hicieran lo mismo o algo peor.

El pánico se apodero de mí, habían pasado aproximadamente cinco horas desde que nos encerraron, eran las 4:00 de la mañana, me tomaron las huellas dactilares y para rematar me hicieron la típica sesión de fotos con los numeritos en la parte inferior del recuadro. En el rostro del fotógrafo era evidente el cansancio y el aburrimiento de la rutina.

Aquí solo se habla francés

Me trasladaron a otra oficina. Durante todo el interrogatorio me hablaban completamente en francés. Me dijeron que podía usar el teléfono para comunicarme con cualquier persona en Francia. Trataba de no quedarme callado y las pocas frases que lograba articular parecían ser una ronda de chistes pues ellos hablaban entre sí y se reían cada vez que hablaba. Lo único que les entendí es que iban a encarcelarme por tratar de permanecer en Francia de manera ilegal.

Aseguraban que yo tenía documentos falsos, pasaportes vencidos y visas adulteradas. Cuando traté de explicarles, con mi limitado vocabulario francés, que solo pasaba de tránsito por Francia, ellos no paraban de gritar, me decían que en Perú no se habla francés, cuestionaban que pudiese hablar un poco el idioma y me preguntaban dónde lo aprendí. Las agresiones nunca se detuvieron, al contrario eran peores, me insultaban y me escupían. Estaban convencidos de que todo este tiempo había estado viviendo ilegalmente en Francia y yo no podía hacer nada.

Antes de ese momento pensaba que saber otro idioma era símbolo de preparación y conocimiento pero durante aquel interrogatorio cambiaron mis planteamientos. Ahora era un delito saber francés, aún más en épocas donde hay un alto índice de migración. Sentía que las cosas estaban saliéndose de control pues tenía frente a mí a un oficial encolerizado empuñando el cuello de mi camisa, esperando que yo perdiera la calma, pero jamás lo hice.

Me preguntaban acerca de todo lo que llevaba y les dije que era fotógrafo y que solo estaba retornando a mi país. Me pidieron pruebas y les ensené el ticket de LAN con fecha del 26 de noviembre, me lo quitaron y lo rompieron frente a mí, argumentaban que era falso. Luego me condujeron hacia otro ambiente, les pedí una traductora y me dijeron que lo harían siempre y cuando diga la verdad porque sino nunca saldría de allí. Estaba tan cansado y con frío que lo único que hice fue mover mi cabeza, ya no tenía fuerzas para continuar.

La traductora llegó y yo estaba recostado sobre una mesa de madera esperando que todo acabara. Ella me miraba con pena y al acercarse me dijo entre susurros: “Di todo lo que sepas, créeme es lo mejor, no mientas”. Poco antes de que amaneciera un oficial me sentó junto a la traductora para que yo firmara unos documentos en los que decía que el trato era digno, que tendría un abogado y un proceso judicial justo. Me explicaron que en mi situación, mis derechos estaban ausentes por 48 horas. Me llevaron a una celda fría que sólo tenía una colchoneta de ejercicios y un mesón de cemento. No podía creer lo que me estaba pasando, me tiré al suelo frío y dormí.

Desperté a eso de las 8 de la mañana. Me llevaron a la oficina general, me dijeron que entre a la página de la aerolínea y que imprima de nuevo mi ticket. Cuando oí eso casi lloro de la emoción pues pensé que habían reflexionado y que todo había terminado.

Rumbo al país del Principito

Estaba equivocado. Me volvieron a encerrar, eran ya las 4 de la tarde y no había comido nada más que unas galletas con un poco de jugo. Me sujetaron las manos para ponerme unas esposas. Era la primera vez que tenía unas y no era nada emocionante. No podía verme pero me imaginaba como un prófugo de la justicia con un aspecto demacrado y desaliñado. Cuando pregunté hacia donde me llevaban, me dijeron que sería trasladado a Saint Exupery, escuchar eso me causó gracia y recordé a uno de mis personajes favoritos: El Principito.

Al cabo de 2 horas, pasamos por Chapeux y supe que iba hacia el sur. El oficial que me acompañaba me comentó que sería llevado a un centro de detención y no a una cárcel. Sentí por primera vez tranquilidad, pero no dejaba de pensar en mi vuelo.

En el centro de detención recordé las palabras amenazadoras de los policías y sentí miedo. Al entrar empezaron nuevamente los maltratos y los gritos. Me desnudaron y me revisaron desde el pelo hasta los genitales. Luego me explicaron que podría pasar allí hasta 32 días como máximo. También me dijeron que tenía la posibilidad pedir asilo político en Francia como parte de mis derechos.

El lugar en donde estaba recluido era una cárcel de verdad con muros altos, cámaras y vallas electrificadas. Al llegar conocí a una chilena que había sido arrestada por narcotráfico. Ella me dijo que tuviera mucho cuidado con mis dos compañeros de cuarto y que nunca descuide mi celular. Algo que llamó mi atención fue la estrategia que utiliza la policía francesa para evitar que se formen grupos de alianza dentro del centro de detención. El plan consiste en poner a unos contra otros para que no exista armonía y separar a los presos por su etnia así el ambiente siempre estará tenso.

Los prisioneros en Francia

Después de descansar, cogí mi celular y me atreví a hacer las primeras llamadas. Al menos me consolaba escuchar la voz de mis familiares y amigos. Pasaron unas 2 horas desde que hice mi última llamada para luego acercarme a la oficina de asesoría legal en donde una amable señorita que hablaba español me explicó que iba a ser procesado por estar ilegalmente en Francia y que por ello sería expulsado en unos días.

El número más alto de detenidos eran latinoamericanos. Nosotros solo éramos números allí adentro. Cifras que formaban parte de los 30 mil deportados que el gobierno de Francia ha prometido a su país. Todo esto con la finalidad de que Francia vea que el presidente está cumpliendo con su plan de gobierno y que el país se preocupa por el bienestar de los encarcelados haciéndose cargo de los procesos judiciales y de la manutención de los mismos durante su permanencia en territorio francés. Es triste saber que te ven como un caso más, como una oportunidad política para tener la absoluta confianza de la población. No te toman en serio y mucho menos les importas.

El día 26 fui llevado al Tribunal General de Lyon con otros 6 detenidos de diferentes nacionalidades. Junto a mí estaba un abogado y un traductor. El juez me preguntó mi nombre y dijo que era un nombre muy extraño para un peruano, le contesté que todos somos libres de tener un nombre, luego cuestionó mi paso por Francia, él tenía todos mis documentos y le decía que ahí estaban la pruebas pues yo solo hacía escala en Francia para dirigirme a España por motivos económicos.

Me aconsejó que podía hacer uso del asilo político en Francia. Yo me negué rotundamente alegando que mi caso debería haberse resuelto entre 15 a 32 días tal como me lo habían mencionado antes y que no era necesario que un caso simple sea convertido en un caso complejo de deportación. El colmo fue que mi fecha de regreso ya había sido publicada antes de que se efectuara el juicio. Eso fue realmente inaudito. Todo estaba claro, pero la mentalidad cerrada de los franceses no tiene comparación alguna.

En medio de murmullos el procurador pidió que la sala no sea politizada y yo les dije que está  politizada desde siempre. Di mi opinión acerca de la decepción que ahora tengo de Francia y el juez ruborizado de cólera solo pidió mi expulsión. No me iba a quedar callado después de tantos maltratos. El 27 finalmente fui llevado al aeropuerto de Lyon, escoltado por 4 policías hasta Ámsterdam y tomé un vuelo hacia Lima.

Esta época en la que estamos viviendo parece ser una lucha constante contra la inmigración legal e ilegal. Ahora solo espero que mi testimonio sea tomado como una reflexión acerca de las desigualdades a las que estamos expuestos los migrantes. Por eso es necesario tomar decisiones oportunas que eviten futuros casos como este. No nos quedemos callados y hagamos valer nuestros derechos en cualquier parte del mundo.

Publicado en Cultura, Medios de comunicación, Periodismo, vida | 1 comentario

Las Cruces de Liduvina

Redacción: Adriana Méndez, Jennifer Encarnación, Pedro Barzola, Rosario Sánchez
Publicado en: Entre Tintas – comunicación + diseño, director: Allen Panchana, edición: Jorge Tigrero, Gabriela Pinasco, julio/agosto 2011, p. 10-12.

Liduvina Peñafiel luchó incansablemente por la supervivencia de su hijo mayor, Carlos Mora, contagiado a los nueve años de VIH en una clínica de hemodiálisis. La vida de ambos se derrumbó. Nunca encontró justicia por la negligencia médica masiva ocurrida en noviembre de 1995, la peor en la historia del país. Aún así, su testimonio es ejemplo de temple y coraje.

Parece que fue ayer cuando me encontré con Eusebio, el papá de Carlitos, mi hijo mayor. Era una adolescente cuando comencé a llenarme de ilusiones, pensando en el matrimonio y en ser mamá. Recuerdo claramente el día en que me entregaron los exámenes y el médico me confirmó que estaba embarazada. Después de unos meses supe que era varón. Estábamos en un parque cuando le conté al padre de Carlitos la noticia. Él me abrazó y prometió hacerme la mujer más feliz del mundo.

Comenzamos a buscarle un nombre. A Eusebio le gustaba Carlos, en honor a su abuelo. Comenzamos a comprar ropa color azul para niño. La familia de mi esposo estaba tan contenta porque nacería el primer nieto. Comenzaron los primeros antojos, por ejemplo, comer sandía en la madrugada, fritada en la noche y cogerle asco a las cremas. Siempre pensé en llegar a ver a mi hijo graduado, yo quería que sea doctor y el papá,
que sea arquitecto. Teníamos muchos sueños…

Cuando mi hijo nació, un 16 de septiembre de 1986, la casa se llenó de tanta alegría. Y cuando daba sus primeros pasitos y se caía, siempre venía a mí para que lo consuele. Carlitos era mi engreído. Cada sábado íbamos al parque de la esquina. A él le gustaban las mecedoras y siempre comprábamos helado de vainilla, su sabor favorito. Un día se tropezó con una piedra, pero se levantó y vino a abrazarme diciendo que se había raspado su rodillita y que si yo le sobaba un poco, el dolor le pasaría. No olvido que, cuando llegaba diciembre, nos daba muchos abrazos y nos decía que el siguiente año sería mejor.

Carlitos y yo siempre fuimos más que compañeros inseparables. Creció tan rápido que apenas me di cuenta. Siempre fue un niño fuerte, alegre, ocurrido, inteligente, amoroso y un poquito chistoso como decía su hermana Scarlett. Era yo quien iba a dejarlo a la escuelita María Luque de Rhode donde realizó sus primeros estudios. Allí estuvo hasta tercer grado, porque ya entrando a cuarto grado tuvo que retirarse y no volvió más. De repente, Carlitos comenzó a tener fuertes dolores de cabeza, él me decía: “Mami, siento que mi cabeza va a explotar”. Sus manos y pies comenzarona hincharse muy a menudo. Un día, cuando comenzó el cuarto rado de escuela, en la clase de educación física, se desmayó. La directora me llamó de urgencia para que lo lleve al hospital. Cuando llegué a verlo, su piel estaba muy fría y tenía dificultades al respirar. Fue el 5 de abril de 1995, el médico que lo revisó me dijo que el desmayo fue producto del mal funcionamiento de uno de sus riñones. Nos indicó que a partir de ese instante debía seguir un tratamiento de diálisis. Así comenzó el tormento…

Un duro golpe

Siempre pensé que entre mis hijos, él representaba el apoyo más importante. Imaginaba que cuando sea viejita contaría con su mano, segura y fuerte. Pero, inesperadamente, en un abrir y cerrar de ojos, sucedió lo contrario.

Fue un duro golpe asistir a cada diálisis. Recuerdo que mi Carlitos me preguntaba por qué le introducían esas agujas en su bracito, yo tenía que decirle que era para su bienestar y para evitar los dolores de cabeza. Las primeras sesiones no eran tan dolorosas. Sin embargo, con el pasar del tiempo se hicieron más fatigantes y los gastos cada vez mayores. Teníamos que hacer rifas, bingos y otras actividades para recaudar fondos. Hice hasta lo imposible por sacar adelante a mi hijo, lo llevaba al hospital para realizarle terapias que supuestamenteiban a mejorar su vida. Él tenía que acudir tres veces a la semana para limpiar su sangre.

Pasar noches a su lado cuidándolo era difícil, muy difícil; pero, como madre, uno está dispuesta a todo. Tenía esperanzas de que juntos superaríamos su enfermedad…

Pero luego, la tragedia fue mayor… ese noviembre de 1995 fue negro para toda mi familia. Fue muy doloroso: nos enterarnos que Carlitos, quien apenas tenía nueve años, se infectó de VIH… Todo por culpa de una negligencia médica en la clínica del doctor que había conversado con nosotros, el tipo que nos había dado “esperanzas de vida”. Ese maldito doctor llamado Galo Garcés arruinó la vida de mi hijo.

No sabía cómo explicarle a Carlitos que había contraído un virus incurable. Apenas era un niño. Así que preferimos guardar silencio por dos años. Sin embargo, una tarde, luego de regresar de una sesión de hemodiálisis, vio por televisión que su amigo Roy había fallecido. Él estaba en el grupo de los veintiún infectados. Carlitos se puso a llorar y fue allí cuando le expliqué lo que pasaba. Desde entonces vio caer a cada uno de sus amigos de batalla, con quienes, más que víctimas de una negligencia, formamos una familia.

Carlitos se convirtió en el estandarte de lucha contra la discriminación de infectados de VIH. Él decía: “Somos seres humanos. No por dar la mano, un abrazo o un beso se van a contagiar con el virus del VIH”. Parte de ese mensaje lo llevó a colegios y empresas. Su testimonio de vida fue la esencia de las charlas motivacionales que dio a cientos de jóvenes y adultos.

Cuando cumplió 15 años, le regalé un par de zapatos que había visto en televisión y de los cuales se enamoró. No quería ponerse otros más que esos, decía que eran muy especiales, porque se los había dado la reina de su corazón. Mi hijo era bastante romántico y detallista. El día de la madre siempre se levantaba temprano por la mañana a susurrarme al oído y decirme “Feliz día mamá”. Me hacía tarjetitas de cartulina y ponía fotos de los dos y de sus hermanas. Le gustaba mucho pintar y sobre todo escribir.

Con ganas de vivir

Con el tiempo tuve que reprogramar todas aquellas actividades que hacíamos juntos, para cambiarlas por sus diálisis. Ya no iba al parque a jugar como antes, pasábamos la mayor parte del tiempo en la clínica. Carlitos llegó a tener seis enfermedades distintas a la vez. A más del VIH y de la insuficiencia renal, también contrajo hepatitis C en las hemodiálisis de la clínica Garcés. El hiperparatiroidismo y la insuficiencia cardíaca eran otros males con los que tenía que lidiar.

En el 2006 Carlitos publicó su libro: ‘21, Historia de un sobreviviente’. Allí narra su testimonio desde que contrajo el VIH. Ese fue el proyecto más ambicioso de su vida. Todo lo que vivió y lo que sintió lo plasmó en ese libro. “El Sida truncó mi niñez, pero he salido adelante”, fueron sus palabras al presentarlo…

Lo único que buscaba mi hijo era justicia. Actualmente ese mal llamado doctor trabaja como si nada en el Jackson Memorial Hospital de Estados Unidos. Es desesperante saber que en nuestro país las leyes no hicieron nada para redimir la negligencia de un hombre sin valores y sin piedad. Pero sé que si la justicia terrenal no está consciente de su rol, Dios no abandona a sus hijos y la justicia divina reivindicará la lucha de Carlitos Mora.

El día y la hora

La noche del domingo 10 de julio, mi hijo Carlitos había llegado del cine con unos amigos. A su regreso me dijo que se sentía muy mal; estaba pálido y respiraba con dificultad, así que de inmediato lo llevé a la Clínica Kennedy de la Alborada. Lo ingresaron a Emergencias y yo fui con él, allí me dijo: “gracias por todo mamá, te amo”. No imaginé que esas serían sus últimas palabras. El médico me pidió que por favor abandonara la habitación. Entonces, imaginé lo peor. Antes de salir lo abracé y besé con todas mis fuerzas, traté de transmitirle mi vida, aunque no podía. Fueron minutos de terrible angustia, sabía que algo pasaría, pero no pude hacer nada, se me estaba yendo poco a poco.

Fueron muchas las noches que pasé en la sala de emergencia del hospital para esperar por sus hemodiálisis, pero fue tan terrible esta última vez… cuando me llamaron para darme la noticia de que mi Carlitos había dejado de respirar. A la medianoche falleció. Nunca olvidaré el día ni la hora en la que me despedí para siempre de él.

Un profundo dolor

Cada amanecer y anochecer, todo esto se convertía en un dolor profundo y persistente. Era capaz de entregar mi vida con el afán de ver crecer a mi hijo radiante y feliz. Carlitos nunca se dio por vencido. La enfermedad no lo doblegó y con todos esos obstáculos terminó la secundaria.

Las hemodiálisis que debieron ser por siete años, en realidad fueron por 16. Mi hijo ni siquiera pudo crecer físicamente como un niño normal, como un adolescente normal. A los 12 años ya no pudo caminar más. Desde entonces vivió pegado a una silla de ruedas. El mortal virus que portaba, y las enfermedades colaterales, inhibieron sus hormonas del crecimiento… él siempre se quedó con aquel cuerpo del niño de nueve años que ingresó a las terapias de diálisis. Un cuerpo que incluso me tocó cargar en brazos. No olvido cuando me tocó ir a un hospital y se había dañado el ascensor. Tuve que cargarlo cuatro pisos… Por eso, él me decía que yo era su ángel…

Cuando uno piensa en todos los sentimientos, los desvelos, el tiempo y el dinero que los padres invierten en la crianza de sus hijos, es obvio que lo hacen para que vivan, no para que mueran. Cuando muere un hijo, la labor de criarlo queda incompleta y las esperanzas que una como madre, había puesto en él, se vienen abajo. A veces me desespero y me resigno a no ver a mi Carlitos en su cama o despedirme de él con un abrazo y un beso antes de dormir.

Ahora es mi turno para no dejarme doblegar ante el dolor, sino seguir el ejemplo de mi amado hijo, quien -aunque no esté conmigo- me dejó el mayor recuerdo de ser un guerrero. Estoy contenta de saber que nunca se irá de los corazones de quienes lo vieron luchar, mi pequeño héroe que jamás se rindió…

Mi lucha continúa porque mi hija Scarlett tiene toxoplasmosis, enfermedad que produce una visión borrosa y afecta el nervio óptico. Además, tiene nefrocalcinosis, mal que ataca a los riñones… No le reprocho a la vida por todo lo que he pasado, pues confío en que la historia de Scarlett tendrá un final diferente al de Carlitos. Y aunque muchos no entiendan lo que digo, seguiré siendo positiva, dando lo mejor de mí.

A un mes de su ausencia, solo Dios, mi Carlitos y yo podemos entender las razones que nos mantienen unidos por la eternidad. Aunque grande es la distancia y profundo mi amor, sé que algún día nos volveremos a ver. Por lo menos allá arriba mi Carlitos no sufre más.

Publicado en Cultura | 1 comentario

16 Años de Impunidad

Redacción: Adriana Méndez, Jennifer Encarnación, Pedro Barzola, Rosario Sánchez
Publicado en: Entre Tintas – comunicación + diseño, director: Allen Panchana, edición: Jorge Tigrero, Gabriela Pinasco, julio/agosto 2011, p. 13.

Fue una lucha de 16 años. Hasta que la noche del domingo 10 de julio del 2011, Carlos Mora Peñafiel cerró el libro de su vida. A las 22:30 un paro cardíaco venció al último sobreviviente de las 21 personas que contrajeron VIH en la clínica de hemodiálisis del doctor Galo Garcés. Este hecho se convirtió en el caso más grave de negligencia médica en el Ecuador.

Carlitos y su obra: 21, Historia de un sobreviviente

Carlitos y su obra: “21, Historia de un sobreviviente”

El contagio masivo se hizo público en noviembre de 1995. Desde entonces Carlos Mora se
convirtió en el ícono de una lucha por la vida. Más de 15 demandas fueron presentadas en
contra de Galo Garcés Barriga y su hijo, Galo Garcés Lituma.

Los amigos y familiares de Carlos, entre lágrimas, repetían en su velorio que con la muerte del joven de 24 años se confirmó la impunidad de este caso.

Rafael Estévez, abogado defensor de Carlitos, explica que la demanda presentada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos también quedó estancada. “Ahora es tiempo de que la Comisión de la Verdad reabra este caso”.

En Octubre de 1996 se inició el juicio de este hecho tras la denuncia que presentó la acusadora Laura Villaprado.

El 17 de marzo de 1998, Galo Garcés Barriga fue detenido. El 28 de Enero de 1999, luego de un año sin sentencia Galo Garcés fue liberado. El 15 de Septiembre del mismo año, muere Roy Loor otro de los infectados en la clínica Garcés.

El 13 de agosto del 2001, el juicio planteado por delito contra la salud fue prescrito. Según
juristas, el caso deberá ser juzgado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Dos años después, 21 de Octubre del 2003, el Nuevo Herald publicó un reportaje de Galo
Garcés Lituma, quien era considerado “un médico ejemplar” del Hospital Jackson Memorial, de Miami.

Jorge Paladines, asesor de la Comisión de Justicia de la Asamblea Nacional, indica que la extradición es un trámite político y jurídico. “Estados Unidos es el país menos adecuado para extraditar; veamos el caso de Jamil Mahuad, él tampoco ha sido extraditado. Ni los hermanos Isaías”.

En el Código Penal no existe un delito tipificado para la mala práctica médica, dice Paladines. El abogado considera que si se colocara esta categoría, podría convertirse al código en un “catálogo abusivo de trampas”, pues habría que incluir todas las malas prácticas profesionales.

Billy Navarrete, secretario del Comité Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos, considera que el hecho constituye uno de los casos más graves de impunidad.

En 2006, Carlos Mora publicó el libro titulado ‘21, Historia de un sobreviviente’, el testimonio de sus duros años desde que fue contagiado de VIH.

En el 2007 los familiares de los 21 afectados demandaron a Garcés una indemnización de un millón de dólares por cada uno de los afectados, pero esta acción legal tampoco prosperó.

Carlitos vivió de cerca cada episodio de este proceso legal y vio caer a cada uno de sus compañeros de batalla. Él dedicó su vida a llevar su mensaje de esperanza a escuelas, colegios y empresas con charlas de motivación y autoestima.

Publicado en Cultura | Deja un comentario

No salí a matar a mis hijos

Redacción: Belén Alcívar, Magaly Triviño y Kerly González
Publicado en: Entre Tintas – comunicación + diseño, director: Allen Panchana, edición: Jorge Tigrero, Gabriela Pinasco, julio/agosto 2011, p. 7-8.

Siempre pensé que mis hijos morirían después de mí

Cuando despertó de un coma profundo, Lucía Peñafiel de Piguave se dio cuenta que había sobrevivido. Aquella mañana del 5 de septiembre de 2010, a un costado de
la vía Perimetral de Guayaquil, ella y sus tres hijos esperaban el bus para viajar al cantón Paján, en Manabí, a la misa de su madre, quien había fallecido 8 días antes.

Pero llegó la desgracia: una camioneta doble cabina, conducida por un chofer ebrio y a exceso de velocidad, impactó y arrastró a decenas de personas, apostadas en el improvisado paradero. Hubo 17 muertos, entre ellos los tres hijos de Lucía. Este es su desgarrador relato al cumplirse un año de la tragedia.

“Cristóbal tenía 17 años. Era el mayor de mis tres hijos. Un chico alto, de tez blanca, muy risueño; todo un galán. Le gustaba escribir canciones: no sé de dónde, pero se inventaba las

letras. Gisela, mi niña, tenía 10 años; era atrevida, decidida y hasta un poco descuidada en sus estudios. Era muy unida a su hermano mayor. Jamás vi alguna discusión entre ellos, se hacían bromas y siempre se cuidaban. Le gustaba cocinar. No había quien la saque de la cocina.

Nunca me dejaba ayudarla. Quería que yo descanse porque recién había dado a luz a mi hija Rossemarie. Rossemarie, mi pequeña bebé, solo recuerdo las malas noches que pasé junto a ella, su llanto, su ternura. Ese domingo ella cumplió 2 meses de nacida.

Un viaje sin retorno

Aquel sábado planeábamos viajar a Paján a la misa de mi madre. Esperé que mi esposo Honorato llegara del trabajo para que nos diera el dinero de los pasajes. Él llegó tarde y no pudimos viajar, así que lo dejamos para el domingo. En la noche, Honorato me dijo: ‘Vamos al matrimonio de mi sobrina’, pero yo me resistí porque estaba de duelo por mi madre. Decidí solo ir a la iglesia y regresar a la casa. Mis hijos estaban contentos por ir al matrimonio de su prima, y fueron con su padre.

Al regreso de la fiesta, Don Piguave, como le digo a mi esposo, se fue a descansar un rato. Al día siguiente nos levantamos temprano para llegar a tiempo a la misa y mi hijo me pidió que dejáramos durmiendo al papá, porque estaba mareado y después iba a hacer bulla en el bus.

Una de las frases que más recuerdo de mi hijo fue: ‘espero que lleguemos bien. El domingo es un mal día, es para quedarse en la casa y no salir’. Le daba miedo. Me acuerdo que le dije: ‘hijo no digas cosas así, ni siquiera lo pienses. Con la ayuda de Dios llegaremos con bien’. Fue como si mi pobre hijo presentía que algo iba a suceder. Él temía que nos pasara algo y dijo: ‘si te pasara algo me muero’. Yo respondí que sin él tampoco podría vivir.

‘Si nos pasara algo es mejor que nos pase a todos. Morir todos juntos. Yo no me quiero quedar sola’. Esto dijo Gisela. Esa fue la última vez que escuché las voces de ellos. Y fui yo la que me quedé sola… ellos partieron sin mí. A veces me echo la culpa, por haber salido tan temprano. Aunque me dicen que eso es decisión de Dios y que nadie tiene la culpa. Yo solo sé que nosotros salimos sin saber lo que nos iba a pasar, yo no salí a matar a mis hijos.

No sé en qué momento pasó. No sentí nada; ni el carro, ni la bulla. Si hubiera escuchado algo, tal vez les hubiese dicho a mis hijos que corran. Y nada de esto habría
pasado. Con mi bebé en los brazos hubiera corrido por salvar a los tres.Y la historia sería distinta. Por momentos trato de recordar cómo pasó todo, pero es imposible.

No puedo. De tanto pensar me vuelven los dolores de cabeza. Después del accidente me llevaron al Hospital Luis Vernaza. Estuve una semana en coma. Mis familiares ya me iban a desconectar. Mi último día conectada iba a ser el sábado. Así lo había decidido mi esposo, aunque mi hermana se oponía porque ella tenía fe en Dios y en que yo iba a vivir. Ahora me cuentan que mi hermana sufrió mucho y rogaba a Dios por mí. Ya habíamos perdido a mi madre, a mis hijos… no se resignaba a perderme también. Ella fue quien pasó día y noche junto a mí en el hospital, dejó a su hija de un año por cuidarme.

Mi última esperanza de vida

Era sábado y me iban a desconectar. Al medio día empecé a moverme. Todo me pesaba, mi mente estaba en blanco; no recordaba nada. Estaba en un sueño profundo del que nunca hubiera querido despertar: para mí solo existían mis padres, mi hermano y mis tres hijos, pero todos ellos ya estaban muertos. Los vi y hablé con cada uno de ellos. Aún tengo la imagen de Cristóbal con su camiseta de Emelec, a Gisela con su uniforme de gimnasia del colegio. Me acuerdo tanto de su calentador azul con rayas celestes al costado. Y a mi bebé… yo la vi. Estaba toda de rosadito en lo brazos de Cristóbal. Mi bebita solo lloraba, tenía hambre y no me la pasaban.

En un momento traté de sacarme los tubos y cables que tenía conectados en mi cuerpo. Recuerdo que quise sentarme para salir corriendo y no pude, mis piernas no respondían, me dolía la cadera, es que me habían operado y no sabía. Pregunté donde estaba, me decían que en un hospital. Todos a mi alrededor me daban fuerzas para luchar. Me pedían que me calme, pero lo único que deseaba era tomar entre mis brazos a mi bebé, el llanto me desesperaba. Sólo yo podía calmar a mi chiquitita.

Sabía que en esos días se acercaba el cumpleaños de Cristóbal. Le mandé a decir con mi hermana que cumpliera muchos años más, que no podía estar en ese momento al lado de él para darle fuerzas. Y así pasaban los días y yo solo pensaba en salir para ver a mis hijos. Yo pensaba que ellos estaban vivos. Para mí fue duro perder a mis tres hijos.

A tan solo días que me den de alta, una monjita se acercó y me preguntó: ‘¿Por qué está tan feliz Lucía?’ Mi respuesta ingenua fue: ‘gracias a Dios veré a mis hijos en pocos días, me dicen que están en el Hospital Universitario y que mi bebé de 2 meses milagrosamente resistió. Yo los siento aquí conmigo y sé que están bien. Yo sé que Dios me los cuidó’.

Su repuesta me destrozó por completo: ‘Lucía, todo este tiempo la tuvieron engañada. Ellos están ahora en el cielo junto a Dios’. Sentí un fuerte dolor en mi pecho que no me dejaba respirar. Me desmoroné. ¡Ay Dios mío, cuánto desearía no haber despertado del coma, o morir en ese instante!

No tengo ánimos de luchar. Ellos eran mi vida. Es un sentimiento inexplicable, jamás imaginé que una monja me diera esa noticia. Nunca olvidaré su voz y más aún escuchar decirle que mis pequeños habían muerto.

Cuando salí del hospital fue imposible parar de llorar y me rehusé a vivir de nuevo en mi casa. Me juré que regresaría, pero con mis hijos. Sin ellos jamás.

Una vida llena de recuerdos y tristezas

Lucía recuerda los momentos compartidos con sus hijos.

Mi vida cambió por completo. Salgo solo a rehabilitación y lo hago porque el expreso del INFA pasa a recogerme. Un día no llegó y debía ir sola, pero no pude. Tenía miedo: cada freno, cada llanta que escucho me reviven la historia y el dolor de haber perdido a mis hijos.

El vacío que ellos dejaron en mí me hizo pensar en suicidarme… pero no pude, pasé sentada en una silla de ruedas sin poder caminar. Dios me arrancó de golpe a mis hijos. Él es único que sabe lo que yo he hecho para mantenerme viva.

Como no podía matar, ni golpear al chofer que nos atropelló, me desquitaba con mi esposo. Llegué a odiarlo y lo culpé por lo sucedido. Pero cada vez que cerraba los ojos, mis hijos aparecían llorando y reclamando por su padre, querían vernos juntos y fue así como reaccioné y volví con don Piguave.

A veces sueño que estoy con ellos y luego se van volando pero yo les pido que no me dejen, que se queden conmigo. Lo sé porque hasta le he pegado a mi esposo, lo he cacheteado mientras dormimos. Él también ha soñado con ellos; un día estaba molesto conmigo y al dormir el veía a la niña… hasta que él fue al cementerio a pedirle perdón. Yo siempre los veo en mis sueños, a los 3 juntos, el mayor lleva a la chiquita en sus brazos. Cuando veo sus fotos pienso… por qué ninguno se quedó, por qué los tres se me fueron. Ahora me mandaron a hacer otra radiografía para ver cómo tengo la pierna, y parece que todo está bien.

El injerto ya no me duele. Pero el otro día se me hinchó el pie y sentí un poco de dolor. Pensé ser abuela y tener un lindo nieto, pero ahora sé que no lo tendré…

Quería que Cristóbal se casara joven para que me diera uno, pero él no quería. Mi hijo quería estudiar música al terminar el colegio. Me pidió que le comprara una
guitarra y se la compré. Ahí está su guitarra en mi cuarto.

Honorato y yo queremos tener otro hijo, pero no puedo embarazarme. Demoré mucho tiempo para tener a mis tres hijos. Hay unos 8 años de diferencia entre uno y otro. Nunca me he cuidado, pero no puedo quedar embarazada. Ahora estoy en tratamiento. Espero poder tener otro hijo que me pueda alegrar aunque sea un poco la vida y me dé fuerzas para vivir.

Nunca entenderé la decisión de Dios con mis bebés. Igual sigo creyendo mucho en él. No puedo describir el dolor de perder a un hijo… en mi caso fueron los tres y no alcancé ni a enterrarlos… Siempre pensé que mis hijos morirían después de mí.

Publicado en Cultura | 7 comentarios

Murakami o Dios en japonés

Por Allen Panchana Macay

Es imposible no amarlo. Lo admito. Digamos que ese romance empezó con la novela “Tokio Blues” o “Norwegian Wood”. Leer a Haruki Murakami es un ritual, que terminas disfrutando desde la primera hasta la última línea. Vivía en Madrid cuando compré aquel libro. Y el narrador no dejaba de hacer alusión a esa canción de los Beatles, Norwegian Wood, que le da un título paralelo a la obra. Admito que no la había escuchado. Luego, pasa algo raro: quieres seguir leyendo y, al mismo tiempo, escuchar ese tema. ¿Por qué? Las palabras de Murakami son como una suerte de música. De hecho, él antes de ser escritor se dedicaba al jazz, tanto que por casi una década tuvo un bar temático. Cuando escribe, él piensa más en sonidos que en significados.

No crean tampoco que serán felices leyéndolo. Debo advertir que siempre deja a sus lectores nostálgicos, reflexivos y en ocasiones tristes. Porque Haruki Murakami (Kioto, Japón, 1949) tiene temas recurrentes, como la soledad, los amores frustrados, los sueños imposibles y los gatos tristes. Sí, gatos. Gatos que hablan y son protagonistas, como en la gran novela “Kafka en la orilla”, que es mi favorita. Es lo mejor que, hasta ahora, he leído. En ella cambia formatos literarios, ritmos y cuenta dos historias paralelas que, extraña y mágicamente, se unen. Murakami es así, un mago, de personajes fantasmagóricos. Porque parece hasta magia cuando cuenta detalles de una cena, de cómo prepararla al más puro estilo japonés. Terminas con hambre y evidenciando que la traductora no ha podido poner en español los nombres de la mayoría de platos. La esencia de su cultura japonesa está en toda su obra, aunque dentro de su país tiene muchos detractores que le dicen que se ha hecho “de Occidente”.

La crítica más dura ha sido la de sus compatriotas. Y eso le duele a Murakami, un tipo tímido, retraído, como los seres que él crea. Conocí más de él en “De qué hablo cuando hablo de correr”, una especie de relato autobiográfico. Resulta que no solo es músico y escritor. Su otra pasión es correr. Murakami ha participado en las principales maratones del mundo, entre ellas la de Nueva York y la de Atenas. Él  hace una analogía: correr es como escribir. O escribir es como correr.

Su obra es extensa y creo que no he llegado ni a la mitad de sus libros. Sugiero también “Crónica del Pájaro que da cuerda al mundo”. Una novela de casi mil páginas, donde nunca llegas a saber toda la verdad. En “Sputnik, mi amor” vuelve a las soledades: nadie termina siendo feliz.

Hace poco vi que su nombre estaba en una lista de favoritos al Premio Nobel de Literatura 2010. Sé que le ganó Vargas Llosa (bien merecido por nuestro vecino peruano), pero Haruki Murakami -poseedor ya de un montón de premios- no piensa en ello. Piensa en escuchar jazz, en seguir corriendo y hacer evolucionar a sus personajes, que, sin embargo, terminan atrapados en la soledad y en el amor.  Porque sus finales son así, abiertos. Tal vez por ello Murakami no tiene lectores. Tiene, sí, fanáticos, que lo seguimos siempre. Aquí cabe la frase de mi amigo periodista Abel Alvarado que la tiene escrita en facebook: “Murakami es Dios en japonés”. Seguramente sí.

Publicado en Cultura | 9 comentarios

Artículos América

¡Bienvenido a articulosamerica.com!
Aquí usted puede escribir artículos sobre cualquier tema respecto a América, por ejemplo sobre su empresa o negocio. Por cada 180 palabras usted añadir un enlace un su texto. (Lea más sobre la condición de utilización)

Para empezar usted tiene que registrarse.

Usted tiene preguntas sobre articulosamerica.com: info@articulosamerica.com

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario